Los Clippers vencen a Spurs en una eliminatoria épica

Una historia de redención
Sean Davis (CC)

1.

En una exclusiva zona a las afueras de Houston se ubica una mansión valorada en dos millones de dólares que hace tiempo perteneció a Cuttino Mobley. Tiene cinco baños y un aseo, un vestíbulo en el que caben cuatro Starbucks, una escalinata aristocrática, salón de juegos, piscina semi-olímpica y una chimenea por la que podrían bajar los Santa Claus del pasado, del presente y del futuro. En una de sus habitaciones el propietario James Harden se atusa su poblada barba, una barba que recuerda más a Walt Whitman (perdonen la licencia poética) que a un hipster al uso, viendo como sus potenciales enemigos en la segunda ronda de los play-offs se destrozan mutuamente en un séptimo partido para el que ambos equipos se sienten sobradamente preparados.

Pero hay matices. Los Spurs no están acostumbrados a jugarse el 7º a domicilio (recordemos aquí que en este tipo de enfrentamientos a vida o muerte existía hasta la fecha una ventaja de 95-24 para los locales). Y la franquicia que gastó en sueldos esta temporada el presupuesto de una nación de nuevo cuño todavía no ha pisado una final de Conferencia. Tampoco su estrella, Chris Paul, que desde el primer instante del choque celebrado en un abarrotado Staples Center se convirtió en el protagonista de una pelea épica, una película de suspense, de terror psicológico, que si salía bien quizás pudiera llegar a ser candidata a algún Oscar de fuste, pero que a poco que se fuese de madre podría acabar estrenada directamente en DVD, con más pena que gloria.

2.

Los Spurs llevan 25 apariciones en Play-offs en los últimos 26 años (cinco títulos, como bien sabemos). Los Clippers aspiraban a llegar por cuarta vez en su historia a unas semifinales. Los tres Clippers más veteranos suman 106 años (Turkoglu, Barnes, Crawford). Los tres Spurs, 111 (Duncan, Ginobili, Bonner). Los tres Spurs benjamines acumulan 67 años (Joseph, Leonard, Anderson). Los tres Clippers, 70 (Hamilton, Wilcox, Rivers). Y esa sopa de cifras (además de datos tan curiosos como que precisamente 111 puntos haya acabado siendo el guarismo más repetido en las series, o que éstas hayan concluido con un 724 a 721 favorable a los de Texas) nos ha transportado en todo momento hacia la mismísima y benemérita primera ronda del curso 2013-14.

Porque no lo olvidemos, si bien es seguro que Gregg Popovich habría dejado una cabeza de caballo en la almohada de todos y cada uno de sus jugadores tras el sexto desafío y que Doc Rivers se considera el líder de un equipo que es lo más parecido a Prusia sobre un parqué (no tanto un país con un ejército, sino un ejército con un país), el desenlace de esta eliminatoria era tan solo la primera batalla de una guerra con trincheras, asaltos, antorchas, olor a quemado, saqueos y ejecuciones sumarísimas. Ni hablar de una transición amable en la que dirimimos nuestras diferencias con unas pocas fórmulas abiertas y de compromiso que el otro podrá utilizar en nuestra contra apenas pidamos una relectura acorde con los tiempos. Eso no cabía en la cabeza de ninguno de los dos entrenadores. Y menos en sus corazones.

3.

La imagen icónica de este choque siempre va a ser la mano izquierda de Chris Paul sobre la parte posterior del muslo (pinchazo, isquiotibiales) mientras con la derecha dirigía al equipo o se preparaba para la siguiente y demoledora canasta de tres o dos puntos, o el milimétrico pase con final feliz. Ambos bandos (qué lejos quedan aquellos Clippers que eran más bien una banda) se hostigaron (que no viene de “hostia”, pero casi) durante 48 minutos, con 31 cambios de líder en el marcador, mini-parciales favorables, y sub-tramas dentro de un argumento principal (la eficacia de “Big Baby”, las heroicidades de Matt Barnes, los cinco tapones de Danny Green, la justificación del nuevo mote acuñado para Kawhi Leonard, Sharktopus, las 7.6 asistencias de media de un estelar Blake Griffin) con pocos fallos de guión y tan solo 22 pérdidas entre los dos conjuntos.

Ante anomalías en la Fuerza como el -5 de Danthay Jones en menos de un minuto de juego (el baloncesto le dijo “multiplícate por cero”, y él fue mucho más allá y llegó mucho más lejos), esos ejercicios de pura lógica como los 27 puntos y 11 rebotes de Tim Duncan, la confirmación de Jamal Crawford como Sexto Hombre de la Década o las navajas suizas constantes y sonantes que son Reddick o Diaw. Y lo que parecía que iba a ser el partido de Tony Parker (ESE que nos regala cada cierto tiempo, en el que se muestra imparable, sonríe mirando a cámara y lanza besos al respetable) se transformó en la gesta de CP3.

Un triple aniquilador al final del tercer cuarto, 7 minutos y medio en algún balneario escondido en una habitación secreta del Staples, su mano una y otra vez masajeando el muslo izquierdo, los dientes apretados, las pupilas dilatadas, ¡una sola pérdida en todo el partido!, mientras en el banquillo rival podían verse unas cuantas rodillas en tierra y un montón de toallas nuevas (pero lavadas) golpeando el suelo en evidente desesperación. La milagrosa canasta ganadora que cerró el marcador en 111-109 para el ahora mejor equipo de Los Ángeles fue la consecuencia lógica de toda esa excitación y sobreexcitación, el fruto de su empuje, de sus rachas de inspiración y de su sublime constancia.

4.

Ese equipo que hasta hace poco asemejaba una hermandad (comandada por el típico tío que se muestra duro con los débiles y se ablanda con los poderosos) que tan pronto respetaba la pizarra a rajatabla como se entregaba a la anarquía, el individualismo y el porque-yo-lo-valgo, comprendió al fin que ciertas decisiones (no rendirse, GANAR) se han de tomar desde cierta militancia. No importa que dos de los partidos se hayan (medio) decidido por sendos palmeos ilegales (o interferencias, que suena más místico); que Blake Griffin no realizase ni un solo mate en el 6º; tampoco la paradoja de que dos de los equipos que han pasado de ronda estén comandados por entrenadores moldeados por Popovich; o que el Hack-A-DJ se haya demostrado totalmente ineficaz, y más cuando se hace jugando en casa (una especie de gatillazo constante a la euforia de los aficionados locales).

Esa militancia es la misma que va escribiendo la historia, aunque se haya tratado tan solo de un ilustre capítulo, con palabras que jamás podrían ser tachadas o corregidas. Porque son la transcripción exacta de lo que han sentido Clippers y Spurs durante una serie que es ya todo un clásico también para un público que, a pesar de acumular constantemente experiencias deportivas extremas, se ha rendido ante dos equipos que han puesto el listón muy alto para lo que nos queda de mayo. Y de este modo se acabó lo que se daba, lo que se dio, fuese lo que fuese aquello y atendiendo las plegarias de un James Harden que en silencio, rodeado de pantallas de plasma, y mirando fijamente al mini-bar que hay entre los aperos de barbacoa y la mesa de billar, ahora sabe con exactitud lo que le espera en pocos días: por primera vez desde 1998, no hay un Kobe, un Wade o un Duncan en el horizonte.

Y entonces enciende un puro y vuelve a atusarse la barba, mientras con el mando a distancia deja la habitación en penumbra. Y a nosotros sin saber cómo será su próxima sonrisa, cuando ya no le estemos observando.

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Comentarios (1)
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  • Jose Luis

    Esto más que una reseña es otra cosa. Es, ¿me atrevo a decirlo? algo más. No sé, ¿literario? Y a pesar de eso, no es nada coñazo, al contrario. O sea, MUY AL CONTRARIO. Me deja totalmente desconcertado (y a mi señora, otra fan de los Clippers, pero también de la lectura). En el buen sentido. Dadle duro a los play-offs y más cosas de este palo!