Tras su espléndida actuación en el Game 2 contra los Portland Trail Blazers, ha emergido una vez más desde el banquillo la figura de Shaun Livingston, un héroe atípico, aquel que siempre está presente y no es valorado, pero cuando falta, se nota demasiado. Sin embargo, el camino de Shaun Livingston no ha estado plagado de rosas.
El base de 2,01 metros apuntaba maneras desde el instituto, y debido a su gran potencial decidió saltarse el proceso universitario, aunque con ciertas garantías, ya que era el jugador de instituto más reputado de todo el país, solo por detrás de un tal Dwight Howard. Sin embargo, a pesar de acabar siendo seleccionado en cuarta posición del draft de 2004, se perdió prácticamente sus dos primeras temporadas en la NBA a causa de distintas lesiones, pero esta mala racha conoció su culmen en febrero de 2007, cuando en un partido contra los Charlotte Bobcats se disponía a materializar una bandeja, pero no aterrizó bien, y acabó con fracturas en el ligamento cruzado anterior y posterior, en el colateral medio y en el menisco lateral, y dislocación de rótula y de la tibia, todo ello contando con una alta probabilidad de que su pierna acabara con la aparición de gangrena y la consecuente amputación de la misma, todo dependía de la viabilidad de circulación sanguínea en su pierna. Milagrosamente, recibió la buena noticia de que el riego sanguíneo era correcto, y que no sufriría una amputación de pierna.
Tras un largo y duro proceso de recuperación en el que prácticamente tuvo que volver a aprender a caminar, Shaun Livingston retornó en 2008 a las canchas de la NBA con los Heat, para ser cortado cuatro partidos después. Era todo un fracaso a ojos de deportista profesional, pero el solo hecho de competir en la liga ya era un logro tras el calvario de Livingston. Tras esto, sufriría un duro proceso de cinco años donde recaló en siete equipos diferentes, pasando por la D-league, hasta que fue firmado por los Brooklyn Nets.
En Brooklyn, Shaun volvió a mostrar que era capaz de mantener un nivel constante, y que podía hacer perfectamente las funciones de segundo base del equipo, aunque muchas veces hacía de titular junto a Deron Williams. Sin embargo, su noche de oro le tocó cuando unos Golden State Warriors, dirigidos por Mark Jackson, venían de una racha espléndida de 15 partidos consecutivos ganados, pero Shaun fue el artífice para que su equipo dominara a aquellos Warriors, que el verano después lo ficharían para ser el ‘back-up’ de Stephen Curry. Entusiasmado, el base no dudó en publicar su fichaje en las redes sociales cuando se produjo, y sin duda alguna, se ha convertido en un pilar fundamental para la segunda unidad de los Warriors.
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Recordando su largo y duro camino, siempre ha tenido presente una frase:
«No dejes que nadie te diga lo que no puedes hacer. Hazles pagar con lo que puedes hacer. No soy un triplista, y no soy visto como un jugador de perímetro. Pero me gusta pensar en aquello que puedo hacer para ayudar a un equipo a ganar.»
Tras esas duras y largas siete temporadas, el progreso de Livingston se aprecia en cuanto al hombre que pasó a intentar liderar una franquicia, a completarla;
«Algunos no son capaces, otros no quieren hacerlo. Depende de tus esquemas mentales. Tienes que usar la cabeza para adivinar cómo puedes ayudar a un equipo. No puedo ponerme a lanzar veinte tiros como hacía antes, pero sí puedo aferrarme a esta liga y hacer una carrera de ello. Me gusta pensar en cómo puedo ayudar a los equipos.»
Su llegada se produjo en un momento complicado para el banquillo, tras un año en el que otros como Toney Douglas, Jordan Crawford, Kent Bazemore o Steve Blake pasaron por el banquillo californiano. Sin embargo, fue su ratio de asistencias/pérdidas de 3,07 a 1 lo que lo hace el séptimo base puro más rentable de la liga, entre aquellos que juegan más de 50 partidos.
Con él en pista, si hay dos o tres posesiones seguidas en las que los Warriors no anotan, Shaun Livingston siempre rescata a los dubs con un tiro de media distancia, o sacándose un billete a la línea de tiros libres. Sus defensores son conscientes de ello, pero con la agilidad de un base puro, y midiendo 2,01, puede tirar fácilmente sobre cualquier jugador, y sus porcentajes no mienten; es un jugador efectivo. Tira a unos porcentajes del 53,6% en tiros de campo, y del 86% desde la línea de tiros libres. Así es Livingston, bueno, bonito y barato.
A pesar de sus indudables habilidades para ser el base titular en una franquicia menor, el base no ha dudado en expresar su felicidad en el equipo de la bahía, y que no tendrá problema alguno para renovar, si los directivos así lo desean, cosa que antes o después, por el bien de los ‘guerreros dorados’, debe producirse con total inmediatez.
Por ello, cuando uno echa la vista atrás en el recorrido de los Golden State Warriors, uno piensa en todos los highlights que Stephen Curry y Klay Thompson brindan al equipo, pero esta enorme confianza se construye con unos cimientos sólidos, y estos cimientos los encontramos en la segunda unidad, con nombres como Livingston, Iguodala, o Speights. Nombres que en su día fueron calibre de titularísimos, pero que la cultura del esfuerzo y la empatía que Steve Kerr ha conseguido en el equipo de Oakland ha conseguido que estos jugadores se conformen con un rol más constructivo a nivel colectivo, que ha conseguido hazañas como que los Warriors apenas estén sufriendo apuros a pesar de no tener a su estrella pisando el parqué en unas semifinales de conferencia.
Por toda esta serie de razones, he decidido denominar a Livingston como «el héroe entre las sombras«. Es aquel que da los puntos que el equipo necesita en los minutos de la basura, el que mantiene esas ventajas de veinte puntos, el que remonta un partido de semifinales de conferencia, organizando el juego, pero sin acapararlo. Y no solo por el apartado baloncestístico, Shaun Livingston se merece el calificativo de héroe, solo por el hecho de reiniciarse mentalmente y superar el impacto moral, en silencio, que supone asimilar la alta probabilidad de amputación de la pierna.